¿A dónde van los sueños cuando, cubiertos de polvo, se olvidan en los lejanos rincones del ayer? Huérfanos, despojados de sus alas, recorren callejones, vagan hambrientos, desfilan ante la mirada vacía de quien les dio la vida.
¿Dónde pace la alegría del dichoso recuerdo, cuando se olvida? Ya no consigo rememorar el armonioso y amarillo canto del jilguero. No contemplo la belleza de su alegre trino. La ilusión se disuelve en la negrura de las aguas rancias de un viejo pozo.
Quisiera… quiero mirarle a los ojos de nuevo para contemplarme yo misma en su apacible y azul mirada. Recuperar así el nítido canto del jilguero, y mis sueños rotos y andrajosos, huérfanos de ilusión, anegados hoy en aguas turbias. Y mis recuerdos fríos y oxidados por la falta de constancia a la hora de invocarlos.
Noviembre trajo su fría mirada y con ella se borró la huella de su rostro, la mancha encarnada de sus labios y el azul lampiño de sus ojos. Tras ella huyó mi belleza que, aunque nunca fue tal, tiempos mejores conoció y como tal yo la consideraba. Mas no me quejo, no me muerde la pena por su ausencia, no me aflige su marcha si no logro conservar en mi memoria aquel tiempo pasado y sentir ya no consigo, junto a mí, el pecado de aquella pasión incandescente.
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